04/04/06

Fray Bentos IV

Porque nací en esta tierra
soy como ella.
Empinada en las barrancas
para ver más ancho el río,
para llenarme de cielo;
profunda como su puerto
para allí anclar mis amores;
amiga de mis amigos
para compartir su suelo;
abrazada por el agua
para celebrar la vida.
Porque nací en esta tierra
tengo tus genes, Fray Bentos.



Mirna Linale

Fray Bentos V

Aquí, Rincón de las Gallinas,
recodo del ancho río que se sienta
en la cadera del paisito.
Todas las calles largas
nos conducen hasta el agua
nos asoman a las islas
nos refrescan hasta el alma.
Aquí, Rincón de las Gallinas,
acurrucada como feto
en el vientre de su madre
soy y me siento fraybentina.
Mis días están contados,
Fray Bentos, para morir,
Fray Bentos, donde nací.



Mirna Linale

¿Indiferente?

Era sábado de tarde. Llovía. Yo estaba sentado indolentemente, casi despatarrado, en una mesa del bar; no tenía apuro, ni nada que hacer. Tomaba mi grapa con limón mirando sin emoción la tele, en la que pasaban el partido de la tarde. Estaba ganando mi cuadro “por muerte” a un cuadro chico. Sobre la mesa mi cigarrillo se había consumido
Y parecía un negro gusano sobre el vidrio ordinario del cenicero.
No soy muy observador, pero escuchaba todo el ruido que los borrachos hacían alrededor de la barra y la mujer que entró no dejó de interesarme. La miré casi atrevidamente. Estaba muy buena: buen cuerpo, un bonito par de piernas, y más arriba otro hermoso par... Un vestido rojo, llamativo, la abrazaba mostrando todas las curvas. Se sentó muy tranquila a una mesa cercana a mí, de espaldas.
Sin proponérmelo me quedé mirándola. Hasta me asombró mi atrevimiento, porque, como dije, no soy muy observador.
Al rato llegó un hombre alto, bien vestido y, si yo fuera mujer, diría que hasta muy buen mozo. Se saludaron sin mucha efusión y él se sentó frente a ella.
De repente se hizo un silencio: el cuadro chico le hizo un gol a mi equipo y aunque igual seguía ganando poco me interesaba.
Por un momento me olvidé del mundo, del partido, de la mujer de rojo, del hombre...
Miraba el cigarrillo quemado y filosofaba con una filosofía barata y sin profundidad.
Después, como despertando de un sueño, miré la mesa de la pareja: le veía a ella un hermoso pelo negro y rizado que me recordó el astracán. Pero...estaba sola.
Entonces, como si mi mirada la empujara hacia adelante, la mujer cayó de bruces sobre la mesa.
El alboroto aumentó y como no soy curioso, pagué lo que tomé y salí a la lluvia subiéndome el cuello de la campera.
Las manos en los bolsillos, caminé por las calles donde la lluvia tocaba el piano sobre un asfalto reluciente de luces de neón, sin más preocupación que los retazos de pobres pensamientos mezquinos.


Aldiva (Lucía) Muniz