04/04/06

Por siempre Clara

Era la prostituta del pueblo. Lindo pueblo el mío. Alegre, prolijo y colorido. Clara era como él, así. Alegre, prolija y siempre adornaba sus pulpas con chillones colores. Bastante linda, muy letrada, como decía don Antonio; él no sabía leer, la Clara le leía las cartas que llegaban a su hijo quedado en Italia cuando vino a buscar destino por estos sures.
Todos la respetaban y las mujeres la querían; siempre estaba dispuesta a dar una mano.
Su vida no fue fácil –decían los más veteranos-. Todos los jóvenes del pueblo debutaron con ella, menos yo y el Negro; este nunca debutó; era buen tipo, algo raro. Los gurises del pueblo le tiraban piedras y le gritaban cosas, pero el Negro, inmutable. Trama venganza –pensaba yo-. Pero no; un día se fue sin recordar las heridas que le causaron. Yo debuté en el pueblo de mis tíos con la Rocío. Hermosa la Rocío, pero sin el corazón y el temple de la Clara.
Clara era mi amiga, mi confidente, cada vez que subía la escalera del prostíbulo, ella sabía si venía contento o triste. “Lo sé por la forma en que traes los hombros” -decía.
Cuando no tenía clientes, nos sentábamos en la vieja cama a charlar, mate dulce por medio. Me sabía el dibujo del a raída colcha de memoria; hojas de parras marrones. Otras veces, llegaba y la esperaba en el largo pasillo, sentado en el banco celeste que tenía cinco agujeros –obras de las polillas- y tres rajaduras. Pasaba las horas dibujando con mi dedo índice en el banco, pensando que le faltaba una mano de pintura a la pared.
El día que me enamoré -“tratá de ser feliz” -me dijo, “que la felicidad no es cosa de todos los días”. Con novia, igual la seguía visitando pero en la madrugada. Una noche llegué y el olor a creolina era tan fuerte que hasta llorar me hizo. “-¿Qué pasa? dijo con asombro. Me reí. “-Me caso” - “Pasá al fondo, vamos a festejar.” La bolsa de arpillera que servía de puerta a la cocina también había sido agredida por la creolina. Sirvió dos vasos de caña y brindamos. Por ella. Por mí... por todos. Frente a frente, descubrí sus arrugas, sus grandes tetas, el lunar del hombro y la tristeza de sus ojos.
Nunca más la vi. Una noche, truqueando en el boliche de Rivarola, apareció el Negro. Se acodó en el mostrador, se metió el dedo pulgar en la nariz, con el índice se la rascó, pidió una grapa con miel y contó que la Clara tenía un hijo de diez años llamado Antoñito.



Anabella Nobelasco

Romancillo

Gira que gira
mira el conejo
salta la rana
en el espejo.

Trota el caballo
y en el lucero
se trepa un duende
¡ay, qué revuelo!

Ornella canta
y el benteveo
bate sus alas
pasa ligero.

La abuela busca
de terciopelo,
abrazo largo
con un: te quiero.



Anabella Nobelasco