04/04/06

¿Indiferente?

Era sábado de tarde. Llovía. Yo estaba sentado indolentemente, casi despatarrado, en una mesa del bar; no tenía apuro, ni nada que hacer. Tomaba mi grapa con limón mirando sin emoción la tele, en la que pasaban el partido de la tarde. Estaba ganando mi cuadro “por muerte” a un cuadro chico. Sobre la mesa mi cigarrillo se había consumido
Y parecía un negro gusano sobre el vidrio ordinario del cenicero.
No soy muy observador, pero escuchaba todo el ruido que los borrachos hacían alrededor de la barra y la mujer que entró no dejó de interesarme. La miré casi atrevidamente. Estaba muy buena: buen cuerpo, un bonito par de piernas, y más arriba otro hermoso par... Un vestido rojo, llamativo, la abrazaba mostrando todas las curvas. Se sentó muy tranquila a una mesa cercana a mí, de espaldas.
Sin proponérmelo me quedé mirándola. Hasta me asombró mi atrevimiento, porque, como dije, no soy muy observador.
Al rato llegó un hombre alto, bien vestido y, si yo fuera mujer, diría que hasta muy buen mozo. Se saludaron sin mucha efusión y él se sentó frente a ella.
De repente se hizo un silencio: el cuadro chico le hizo un gol a mi equipo y aunque igual seguía ganando poco me interesaba.
Por un momento me olvidé del mundo, del partido, de la mujer de rojo, del hombre...
Miraba el cigarrillo quemado y filosofaba con una filosofía barata y sin profundidad.
Después, como despertando de un sueño, miré la mesa de la pareja: le veía a ella un hermoso pelo negro y rizado que me recordó el astracán. Pero...estaba sola.
Entonces, como si mi mirada la empujara hacia adelante, la mujer cayó de bruces sobre la mesa.
El alboroto aumentó y como no soy curioso, pagué lo que tomé y salí a la lluvia subiéndome el cuello de la campera.
Las manos en los bolsillos, caminé por las calles donde la lluvia tocaba el piano sobre un asfalto reluciente de luces de neón, sin más preocupación que los retazos de pobres pensamientos mezquinos.


Aldiva (Lucía) Muniz

Mi ciudad y yo

A mi ciudad de hoy aprendí a quererla por sencilla, buena y acogedora.
Es, a su manera, linda y amistosa, callada y tranquila, a veces bullanguera y divertida.
Su gente (si no se la conoce) parece seria y hasta desconfiada, pero sana, y luego que “se le entra”, amistosa, amable y muy fraternal.
Sus barrancas, ¿dónde las hay más lindas, empinadas, multicolores y misteriosas?
El río Uruguay, ¿en qué parte es más especial que en este lugar?
Cierta tardecita vi al sol bañarse en el río con traje de colores rojo, azul, anaranjado. Tanta fue su alegría de jugar con el agua que se ahogó y levantó rayos sobre una corona de tormenta negra y espesa...
Al día siguiente, cuando amaneció, ya no era el mismo sol, pero siempre que quiero ver aquel espero los atardeceres y lo vuelvo a encontrar sobre el río feliz y multicolor...





Aldiva (Lucía ) Muniz